Por M. J. Cordero

Los seres humanos creemos que nacemos con una inclinación natural a amar. Más bien, yo diría que nacemos con un deseo profundo e inmenso de ser amados por otro ser. Si bien este anhelo en sí mismo es bueno, se torna perverso y egoísta cuando se inclina únicamente a la satisfacción del yo; peor aún es cuando se contamina con la tan difundida sentencia de la psicología y divulgada por las iglesias sin doctrina, que enseñan que el amor consiste en la satisfacción de las necesidades del otro. Esto es una burda mentira y, por consiguiente, no encuentra ningún fundamento en las Escrituras.

Insisto, no nacemos con una tendencia natural y espontánea a amar, sino con un deseo insaciable de búsqueda de satisfacción de nuestros deseos caídos y egoístas,  y andamos errantes en esta búsqueda perenne y agobiante.

Nuestro corazón es demasiado duro, es como un diamante: no puede amar; está incapacitado para ello, porque las cosas inanimadas no pueden amar y eso somos antes de nuestra regeneración. Es solo por un milagro operado por Dios en nuestras vidas que podemos llegar a tener “vida verdadera”, milagro que acaece cuando nuestro corazón de piedra es transformado en uno de carne, que late, tiene vida y por el cual corre sangre.  Sólo cuando vemos el rostro de Dios en Cristo Jesús y le conocemos verdaderamente recibiendo su perdón y salvación por el arrepentimiento de nuestras ofensas a Dios, es que podemos comenzar a entender qué es el amor de Dios y el amor bíblico; concepto que no tiene relación alguna con el concepto obsceno y mundano, adoptado y enseñado por las iglesias indoctas.

Por causa de nuestra naturaleza caída y egoísta, y por la dureza de nuestro corazón, es que Dios es insistente en darnos mandamientos que nos guían a amarle a Él y a nuestro prójimo. En este mandato no cabemos en ningún lugar nosotros ni nuestros deseos egoístas.

Luego, para conocer su real significado, profundidad y magnitud, debemos escudriñar en las Escrituras. En este estudio, guiado por el Santo Espíritu e inspirado por Dios a través de la oración, descubriremos que el amor no consiste en la satisfacción de las necesidades del otro, concepto reduccionista,  pobre y  opuesto al que nos suministra la Biblia.

Amar consiste en la búsqueda de la santidad de Dios y la búsqueda del deleite en Él -siendo Dios el fin mismo del gozo y única fuente de amor- y, por consiguiente, procurar y promover la santidad de aquellos que están a nuestro alrededor o bajo nuestro cuidado, así como su deleite y gozo en Dios.

Esto es el amor, colocar la vida de uno para ser santificado por Dios en Cristo y vivir para la santidad de nuestro prójimo, de la misma manera que lo hizo el Señor Jesús, quien nos amó primero colocando Su vida por nosotros, siendo Él la propiciación para ser rescatados de la ira de Dios y llevados por camino de luz, de rectitud y justicia, a fin de que nosotros podamos alcanzar salvación, santidad y gozo eterno en Él.

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